Comenzamos esta nueva bitácora, un tanto cuanto anunciadora. Comentaremos y daremos noticia de alguna que otra novedad y no faltarán las quejas y los quebrantos.
Bitácora editorial
El propietario
Los ejemplos de propiedad difusa y discutible son múltiples y diversos. Mi gran amigo Iván Martínez es el fundador y propietario de la muy notable casa de ediciones Verdehalago. Tan notable que no es un negocio. Hace algunos meses, no pudiendo sostenerla, tuvo que rematar una parte de su magnífico acervo. Le quedaron, sin embargo, unos diez mil ejemplares, con un peso de unas tres toneladas. Y no tenía el dinero suficiente para pagar el almacenamiento. Poseer ese auténtico tesoro de Alí Babá lo estaba arruinando. Tuvo que deshacerse de él y malbaratarlo, vendiéndolo prácticamente por tonelaje. Al renunciar a su propiedad, a cambio de unos pesos, Iván se quitó un peso de encima.
Escrito por Marcelino Perelló en Excelsior. Todo perfecto, excepto que, como hemos dicho, Iván, amigo desde luego, es empleado de la editorial. ¿Por qué, digo, a quien hace algo con afán y gozo se le piensa fundador y propietario? No lo sé. Será que nadie trabaja con justo. Dos somos los fundadores y propietarios de Verdehalago y ninguno de los llevamos por nombre Iván. Pecata minuta, en verdad.
Portadas completas
Listas las portadas de todas las revistas. 34 portadas distintas para un total de 57 números. Mejor, 33 portadas para 39 números y un libro completo para 18 más. Varios años de trabajo que ahora se reúnen en poco espacio...
Brno
¿Qué tienen en común Kurt Gödel, Adolf Loos, Erns Mach, Robert Musil, Milan Kundera, Bohumil Hrabal, Verdehalago y la ciudad, ahora Checa, de Brno. Pues que todos los mentados nacieron en ella, muchos cuando era parte del imperio austrohúngaro, otros cuando lo era de la república Checoeslovaca, que de Brno recibimos visita, según el mapa detallado del señor Google. Fue llegar e irse, desde luego, pero nos dio gusto, ¡qué hacerle!
Termina hoy convenio favorable sólo para España
Hoy fenece el Convenio Bibliográfico Mexicano-Español, conforme al cual y durante cuatro años se incrementó la importación de libros editados en España y se favoreció la venta en el mercado español de obras publicadas en nuestros país. El convenio permite subsidiar con un 17 por ciento la exportación de libros mexicanos y gravaba con un impuesto equivalente a $1.20 cada 100 pesetas de libros españoles. Según datos oficiales, el intercambio ha sido favorable a los editores españoles que venden en nuestro país cinco veces más de lo que España importa de México. El promedio de compras efectuado en los últimos veinte meses equivale a $1.246.353.000.00 mientras que nuestras ventas no pasan de 252.456.00. En 1954 los editores españoles vendieron en México por valor de cuatro veces el total de las operaciones que España realizaba hace diez años con todos los países de América. Las ventas que realizan las editoriales mexicanas no alcanza en volumen que podrían lograr por diversas razones: deficiencias de distribución, producción más reducida, precios más altos, etc. A ellas hay que agregar las restricciones impuestas por la censura española, que impide la circulación de determinados libros. Entre los que no ase han admitido para la circulación y venta en España, figuran varios editados por el Fondo de Cultura Económica, editorial auspiciada por instituciones oficiales, entre ellos los siguientes: Bergsonismo y política por Luis Quintanilla; México, lo que fue y lo que es por Franz Mayer; Cartas de Inglaterra, por Ruy Barbosa; Sátira anónima del siglo XVIII por J. Miranda y P. González Casanova; La filosofía científica por Hans Reinchenbach; Autobiografía por R. G. Collingwood; Jornada hecha por F. Giner de los Ríos; Ensayos sobre la literatura latinoamericana por A. Torres Rioseco. Excélsior, jueves 31 de marzo de 1955 ¿Será una confirmación de la primera ley de la termodinámica? Encontrada, la nota, en el expediente de Arnaldo Orfila Reynal que con tanto celo y esmero resguarda el Fondo de Cultura Económica.
La tecnología para hacer libros cambia
La tecnología para hacer libros cambia, y nos permite ahora publicar tirajes mínimos, no tanto sub specie aeternitatis cuando ad aeternitatem, no tanto bajo la perspectiva de la eternidad sino hasta la eternidad o a la luz misma de la eternidad, digo, de las pocas cosas que sé de latín :) [Y no tan bien, que la escribí mal] Por ello, nuestra transformación es completa. También comenzamos a publicar en otros idiomas. Iniciamos con The Art of Writing del siempre eminentísimo Robert Louis Stevenson. En edición facsímil. Un gozo.
Página...
El cambio radical fue, como siempre, de pensamiento. Luego hicimos lo debido. Desde hace muchos años intentamos tener una página web para la editorial, pero no sabíamos cómo hacer, no por falta de conocimientos, pues seguimos careciendo de ellos, a nivel técnico, sino por la idea que teníamos de una página web. Queríamos una página a la manera de las empresas editoriales grandes, pero al ser, más que una empresa editorial, un taller, nunca pasamos de los pocas primeras páginas, pues las otras, las de la editorial en cuanto empresa, no pudimos ni podríamos nunca llenarlas con verdad. Como taller podemos publicar algo casi a diario, pues a diario hacemos algo. Luego, faltaba cambiar la idea. Decía bien Huang Po, los tontos dudan de lo que ven, no de lo que piensan, los sabios dudan de lo que piensan, no de lo que ven. Verdehalago es una editorial pequeña, un taller editorial, donde el editor dobla y alza los pliegos de los libros, alza su tipografía en computadora y los deja listos para que otros los encuadernen más artesanal que industrialmente. Lo demás era, y es, ilusión.
Los muertos que ustedes matan...
gozan de cabal salud.
Marcelino Pereclló publicó, en parte, en Excélsior el 19 de diciembre del año pasado lo siguiente:
El caso es que en nuestra ciudad existió hace tiempo una casa editorial con nombre de jitanjáfora. Le pusieron “Verdehalago”, lo cual ya era de por sí todo un manifiesto, una declaración de principios. Es una jitanjáfora del propio Brull, creo.
La sugerente y alegre jitanjáfora no salvó el proyecto ni a sus capitanes. Verdehalago nació hace 17 a ños y murió este domingo por la noche. Mala cosa morir los domingos ya tarde. Como que se muere uno más.
Toda muerte es dolorosa. Bueno, entendámonos. No todas. Pero unas lo son mucho. Es el caso de Verdehalago. Los pocos deudos legítimos lloramos, por dentro y por fuera, por todos aquellos cientos de miles que debieron haberlo hecho y no lo hicieron. Y que no llegaron al velorio.
La editorial Verdehalago fue una aventura audaz y apasionada. Y así les acostumbra ir a los audaces y a los apasionados. Publicaron centenares de libros con las tres “b”: buenos, bonitos y baratos. Y cuando las tres “be” son de adeveras, el resultado es la cuarta “b” indefectible: bancarrota.
Publicaron a algunos autores conocidos: Mark Twain, Gustave Flaubert, Juana de Asbaje, Fernando Pessoa y sus tres compinches de parranda, Feodor Dostoievski. Y aun de ellos títulos más bien rescatados de la sombra. Pero la mayoría de su catálogo son cuates del todo ignorados por los legos y semi-ignorados por los semi-bibliófilos. En una selección exquisita, hecha por amorosos y conocedores. Ahí están Antoine Emaz, Walter Raleigh, Francisco González Crussi, Henry Bauchau, Edith Wharton... qué sé yo.
Y todo ello editado con una combinación de amor y saber que no se encuentra en ninguna otra editorial mexicana. Y fuera quién sabe. Pa’ acabar pronto. Cada uno de sus libros es un objeto. Un chunche hermoso que gusta uno de manosear, hojear y mirar por horas. Y de vez en cuando, con cuidado, incluso leer.
Pues bien, bibliófilo lector, amigo mío. No se me entusiasme. Y tampoco se me azote. Ya no hay nada qué hacer. Verdehalago desapareció este domingo a la once de la noche. Sus treinta toneladas de libros, unos 90 mil volúmenes, serán desempastados, triturados y vendidos a los recicladores. La sonrisa de Iván Martínez, el joven adalid de toda esta aventura, el que todo lo apostó, tardará mucho en perder ese dejo triste y amargo. Pero y qué. Quién le manda.
“De acuerdo: Ya no existen visionarios, / el exceso de amor no está de moda / ni el adjetivo de colores, / y es ridículo hablar de las sirenas;/ el poeta se ausenta del poema, / entre tanto,/ toma el café o el sol con los amigos.”
La comunidad interesada en la cultura en México es irresponsable y provinciana. Provinciana e impotente. No la levanta ni con Viagra de 100. Eso quisimos, eso tenemos. El único inconveniente es que ya no seremos la Ciudad de México sino el Rancho de México. Pero tampoco pasa nada. Aquí el que no se consuela es porque no quiere.
Verdehalago ha muerto. Viva Blockbuster.
Hasta aquí sus palabras. Varios, ahora mismo recibo correo fraternal sobre el asunto. Explico.
Hicimos en diciembre una venta de nuestras existencias. Saldamos, pues, como dice la jerga en uso. Pensamos en algún momento destruir todos los libros que sobraran de esa venta, pues nuestra apuesta era, y es, regresar al principio, es decir, publicar como publicábamos hace muchos años. Quizás por ello tanta nostalgia. Pero M.P. decidió que ese gesto era agónico y decretó nuestra muerte para el domingo en que terminó, aun cuando no realmente, la venta de las publicaciones. Terminó hasta enero, y se vendió bastante bien. Mucho de lo demás que tenemos se saldará a su debido tiempo, ya avisaremos. Me reclaman varios, y yo reclamo a mi vez, el asunto del joven adalid Iván. Nada grave. Iván es colaborador y empleado de la editorial. No es socio, pues socios somos dos desde el inicio y dos hasta ahora. Cuando Verdehalago inició Iván, de cierto, comenzaba sus arduas tares en Introducción al modelado tradicional (jugaba con lodo, pues) en su Kinder querido. La discreción tradicional en Verdehalago hace que muchos deseen encontrar en alguien que conocen a los socios y editores de la editorial. Pero y qué. Quién le manda. Diría Perelló. Ni Verdehalago ha muerto (no digo ni morirá que el atributo de eternidad no se predica con verdad de nada humano) ni viva Blockbuster. A todos quienes se han comunicado conmigo, por vía sonora, escrita, digital o virtual, agradezco cumplidamente la preocupación. Pero las noticias de nuestra muerte han sido muy exageradas...
Nostalgias
Quizás, nostálgicamente, toda nostalgia sea prematura, pero mirar de pronto los números primeros de lo primero que editamos no deja de ser por completo nostálgico. El primer número de nuestra revista fue un gozo absoluto, una fiesta continua y, sobre todo, la apuesta por una forma de resolver la vida. De entonces, a la fecha, hemos seguidos fieles a lo deseábamos ser, y seguimos deseando ser aquéllos que deseábamos. Quizás, también, esa sea una forma de la felicidad. Nada misteriosa, nada extraordinaria, nada conocida. Hace muchos años escribí: de las formas de la felicidad, la edición es una de las menos conocidas...
18 años
En el 2008 cumplimos la siempre interesante edad de 18 años, en el exacto mes de mayo. En todos los cuales hemos publicado más de 400 títulos, editado cincuenta y tantos números (alguno de casi 18 en uno solo) de la revista Verdehalago, origen de todo, unos trescientos autores de lugares tan distantes y distintos como la colonia Obrera (González Crussí), el lejano reino de la China (Tu Fu), la hermosa ciudad de Lisboa (Fernando Pessoa), la hermana república de Yucatán (Juan García Ponce), la francesa Argelia (Annie Cohen), el Japón cercano (Shinkishi Takahashi), la hermana Cuba (José Kozer), la otrora Rusia (Alexander Blok), el marítimo Edimburgo (R. L. Stevenson), el cantón de Chavile (Marcel Schwob), la inclinada Pisa (Galileo Galilei), la numinosa Inglaterra (Walter Pater), la muy alemana, imaginamos, Mansfeld (Gottfried Benn), la muy regia Monterrey (Alfonso Reyes), la a veces fría Canadá (Matt Cohen), la muy oriental Indiana (Kenneth Rexroth), el soleado Madrid (Francisco de Quevedo), la muy griega Leucas (Lafcadio Hearn), la tijuanense tijuana (Heriberto Yepez), la Génova de siempre (Eugenio Montale), la céntrica San Luis Potosí (Félix Dauajare) y la circundante Ciudad de México (perdonarán la mayúscula, pero así se llama, Ciudad de México). Alicantina Verdehalago, pues ha morado siempre en la Alicante calle de cuatro y media cuadras largas que cruzan dos colonias, la Álamos y la Postal y mora ahora en la primera). Hemos mudado de colores nuestras pastas, de rojas a coloreadas y regresamos ahora a donde iniciamos, libros de tirajes mínimos, con encuadernaciones finas, tejuelos marmolados y rarezas varias. Prometemos actualizar esta página muy mucho...
Publico que publico que publico
Curioso el asunto de publicar libros y publicar bitácoras donde damos noticia de los libros que publicamos. Pero así es ahora todo el asunto todo.
Los primeros ocho títulos están listos. La próxima semana podrán comenzar a verse.
Está lista ya la muestra de Lo infraordinario. En los próximos días estarán listas más muestras.
Aprendemos a utilizar Sandvox, y es una maravilla, debo decir. Elegimos un diseño minimalista (así lo llaman) y queda bastante bien, limpio y sin ruido innecesario. Tener en orden la página es simple y no hemos tenido, por ahora, graves problemas.
Desde luego podrá encontrar callejones sin salida y lugares que lo llevan al punto de partida sin orden ni concierto, pues aprendemos a utilizar este nuevo programa y estamos en la sencilla, pero fatigosa, labor de rehacer 18 años de trabajo editorial. Sencilla pues todo lo importante está hecho, es decir, los libros están publicados y hemos de volver a publicar algunos y publicar muchos otros guardados en el olvido o la incertidumbre. Fatigoso porque, pese al sueño de eternidad de los archivos electrónicos, muchos de los programas en los cuales levantamos la tipografía ya no existen, es más, los dos programas que utilizábamos ya no existen, por lo cual debemos recurrir a labores arqueológicas. Desempolvar ciertas viajas computadoras para actualizar de a poco las versiones muy viajas para volver ese libro legible al nuevo programa, y en algunos otros casos, convertir de un programa prehistórico a otro antediluviano, desde el cual convertir de nuevo. Y han pasado menos de 18 años, pues nuestra primera computadora, una veloz e irrefrenable XT Turbo, la habremos adquirido por 1992. Ventura se llamaba el programa de marras. Nuestra primera Mac debimos haberla comprado por el 94 ó 95. Pagemaker utilizábamos. Pagemaker en versión 3 punto algo más. Algunos libros son irrecuperables, como si nunca los hubiéramos publicado. Sólo quedan los negativos, ahora también obsoletos.
Nada tan mudable como lo eterno...

