Los ejemplos de propiedad difusa y discutible son múltiples y diversos. Mi gran amigo Iván Martínez es el fundador y propietario de la muy notable casa de ediciones Verdehalago. Tan notable que no es un negocio. Hace algunos meses, no pudiendo sostenerla, tuvo que rematar una parte de su magnífico acervo. Le quedaron, sin embargo, unos diez mil ejemplares, con un peso de unas tres toneladas. Y no tenía el dinero suficiente para pagar el almacenamiento. Poseer ese auténtico tesoro de Alí Babá lo estaba arruinando. Tuvo que deshacerse de él y malbaratarlo, vendiéndolo prácticamente por tonelaje. Al renunciar a su propiedad, a cambio de unos pesos, Iván se quitó un peso de encima.
Escrito por Marcelino Perelló en Excelsior. Todo perfecto, excepto que, como hemos dicho, Iván, amigo desde luego, es empleado de la editorial. ¿Por qué, digo, a quien hace algo con afán y gozo se le piensa fundador y propietario? No lo sé. Será que nadie trabaja con justo. Dos somos los fundadores y propietarios de Verdehalago y ninguno de los llevamos por nombre Iván. Pecata minuta, en verdad.

