Los muertos que ustedes matan...

gozan de cabal salud.


Marcelino Pereclló publicó, en parte, en Excélsior el 19 de diciembre del año pasado lo siguiente:


El caso es que en nuestra ciudad existió hace tiempo una casa editorial con nombre de jitanjáfora. Le pusieron “Verdehalago”, lo cual ya era de por sí todo un manifiesto, una declaración de principios. Es una jitanjáfora del propio Brull, creo.

La sugerente y alegre jitanjáfora no salvó el proyecto ni a sus capitanes. Verdehalago nació hace 17 a ños y murió este domingo por la noche. Mala cosa morir los domingos ya tarde. Como que se muere uno más.

Toda muerte es dolorosa. Bueno, entendámonos. No todas. Pero unas lo son mucho. Es el caso de Verdehalago. Los pocos deudos legítimos lloramos, por dentro y por fuera, por todos aquellos cientos de miles que debieron haberlo hecho y no lo hicieron. Y que no llegaron al velorio.

La editorial Verdehalago fue una aventura audaz y apasionada. Y así les acostumbra ir a los audaces y a los apasionados. Publicaron centenares de libros con las tres “b”: buenos, bonitos y baratos. Y cuando las tres “be” son de adeveras, el resultado es la cuarta “b” indefectible: bancarrota.

Publicaron a algunos autores conocidos: Mark Twain, Gustave Flaubert, Juana de Asbaje, Fernando Pessoa y sus tres compinches de parranda, Feodor Dostoievski. Y aun de ellos títulos más bien rescatados de la sombra. Pero la mayoría de su catálogo son cuates del todo ignorados por los legos y semi-ignorados por los semi-bibliófilos. En una selección exquisita, hecha por amorosos y conocedores. Ahí están Antoine Emaz, Walter Raleigh, Francisco González Crussi, Henry Bauchau, Edith Wharton... qué sé yo.

Y todo ello editado con una combinación de amor y saber que no se encuentra en ninguna otra editorial mexicana. Y fuera quién sabe. Pa’ acabar pronto. Cada uno de sus libros es un objeto. Un chunche hermoso que gusta uno de manosear, hojear y mirar por horas. Y de vez en cuando, con cuidado, incluso leer.

Pues bien, bibliófilo lector, amigo mío. No se me entusiasme. Y tampoco se me azote. Ya no hay nada qué hacer. Verdehalago desapareció este domingo a la once de la noche. Sus treinta toneladas de libros, unos 90 mil volúmenes, serán desempastados, triturados y vendidos a los recicladores. La sonrisa de Iván Martínez, el joven adalid de toda esta aventura, el que todo lo apostó, tardará mucho en perder ese dejo triste y amargo. Pero y qué. Quién le manda.

“De acuerdo: Ya no existen visionarios, / el exceso de amor no está de moda / ni el adjetivo de colores, / y es ridículo hablar de las sirenas;/ el poeta se ausenta del poema, / entre tanto,/ toma el café o el sol con los amigos.”

La comunidad interesada en la cultura en México es irresponsable y provinciana. Provinciana e impotente. No la levanta ni con Viagra de 100. Eso quisimos, eso tenemos. El único inconveniente es que ya no seremos la Ciudad de México sino el Rancho de México. Pero tampoco pasa nada. Aquí el que no se consuela es porque no quiere.

Verdehalago ha muerto. Viva Blockbuster.


Hasta aquí sus palabras. Varios, ahora mismo recibo correo fraternal sobre el asunto. Explico.

Hicimos en diciembre una venta de nuestras existencias. Saldamos, pues, como dice la jerga en uso. Pensamos en algún momento destruir todos los libros que sobraran de esa venta, pues nuestra apuesta era, y es, regresar al principio, es decir, publicar como publicábamos hace muchos años. Quizás por ello tanta nostalgia. Pero M.P. decidió que ese gesto era agónico y decretó nuestra muerte para el domingo en que terminó, aun cuando no realmente, la venta de las publicaciones. Terminó hasta enero, y se vendió bastante bien. Mucho de lo demás que tenemos se saldará a su debido tiempo, ya avisaremos. Me reclaman varios, y yo reclamo a mi vez, el asunto del joven adalid Iván. Nada grave. Iván es colaborador y empleado de la editorial. No es socio, pues socios somos dos desde el inicio y dos hasta ahora. Cuando Verdehalago inició Iván, de cierto, comenzaba sus arduas tares en Introducción al modelado tradicional (jugaba con lodo, pues) en su Kinder querido. La discreción tradicional en Verdehalago hace que muchos deseen encontrar en alguien que conocen a los socios y editores de la editorial. Pero y qué. Quién le manda. Diría Perelló. Ni Verdehalago ha muerto (no digo ni morirá que el atributo de eternidad no se predica con verdad de nada humano) ni viva Blockbuster. A todos quienes se han comunicado conmigo, por vía sonora, escrita, digital o virtual, agradezco cumplidamente la preocupación. Pero las noticias de nuestra muerte han sido muy exageradas...

Editorial Verdehalago, S.A. de C.V. 

verdehalagoweb [at] gmail.com

(55) 91.16.57.60