Fantasmas de la China y del Japón, Lafcadio Hearn

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Prólogo



Pienso que la mejor excusa para publicar una obra pequeña radica en el carácter mismo de la materia con que la he compuesto: no podía olvidar esta notable observación formulada por Sir Walter Scott, en su “Ensayo acerca de las imitaciones de la antigua Balada”.

“Lo sobrenatural, si bien despierta potentes sentimientos muy difundidos y profundamente arraigados en las razas humanas, es un resorte que fácilmente pierde su elasticidad si nos apoyamos demasiado en él”.

Quien quisiera familiarizarse con la literatura china no tiene más que seguir el camino abierto por los distinguidos lingüistas Julien, Pavia, Ressusat, de Rosny, Schlegel, Legge, St. Denys, Williams, Biot, Giles, Wylie Beal, etcétera.

El reino de la Historia de Catay pertenece a estos grandes exploradores por derecho de descubrimiento y de conquista.

Sin embargo, se ha de permitir seguramente al humilde viajero, deslumbrado, que sigue sus huellas por las regiones vastas, misteriosas y encantadoras de la fantasía china, coger algunas de las flores maravillosas que crecen allá: un luminoso lirio negro y una o dos rosas fosforescentes, recuerdos de su curiosa peregrinación.


Lafcadio Hearn

Nueva Orleans, 15 de mayo de 1880




El alma de la gran campana



Si queréis ver prodigios y contemplar maravillas, no os inquietéis de la distancia de las montañas, ni del alejamiento de las riberas. 

El libro de las maravillas de antaño y de hace poco. 

Ella ha pasado, y sus palabras siguen resonando en los oídos de su amante.

Hao-Khieon-Tchouan


¡La clepsidra marca la hora ritual en la torre del Templo de la Campana: el badajo levantado va a golpear los enormes labios en que están grabados textos budistas del Libro sagrado de las flores de la ley, y del Santo Libro que ilumina la vista!

Oíd. ¡La gran campana responde! ¡Qué bella, qué profunda es su voz! ¡Ko-Ngai!... ¡gai!...

Bajo la inmensa onda sonora, todos los pequeños dragones que velan en los encorvados bordes de los altos tejados verdes, se estremecen: tiemblan las gárgolas de porcelana en sus tejados esculpidas, y todas las innumerables campanillas de las pagodas vibran como si también quisieran contestar.

En el interior del templo, las losas verde y oro tiemblan; los peces de madera dorada bullen en el ápice de sus perchas, bajo el cielo; y en lo alto, sobre las cabezas de los fieles congregados, el dedo erguido de Buda se mueve en la bruma azul del incienso.

¡Ko-Ngai!... ¿Qué estrépito de trueno es éste? Todos los demonios de laca agrupados en las cortinas del palacio agitan sus colas color de fuego, y detrás de cada uno de los formidables estruendos, ¡cuán maravillosos son los múltiples ecos de la campana: la luenga lamentación de oro, el sollozo que penetra en los oídos, en tanto la inmensa sonoridad se extingue en murmullos de plata, tal como una mujer suspira: ¡Hiai!...

La gran campana resuena así desde hace quinientos años: ¡Ko-Ngai!... Primero el trueno prodigioso, luego la infinita queja de oro, por último el susurro argentino: ¡Hiai!...

Y ninguno de los niños que juegan en las calles multicolores de la vieja ciudad China ignora la leyenda de la gran campana; no hay uno que no sepa porqué ella repite siempre: ¡Ko-Ngai!... ¡Hiai!...

He aquí la leyenda de la gran campana, tal como es narrada en el discurso donde la piedad filial es explicada y magnificada, discurso que escribió el sabio Crisálida Perla Preciosa, de la ciudad de Canton.

Hace quinientos años el Celestemente Augusto, el Hijo del Cielo, el emperador Seda Brillante, de la dinastía Ilustre ordenó al digno mandarían Pluma Enhiesta que hiciera fundir una campana tan grande que sus resonancias se oyeran a cien li de distancia.

Asimismo ordenó que agregaran cobre al hierro, para que la voz de la campana fuera más potente; oro, para que fuese más profunda y plata para que fuera más suave.

Él mismo eligió las inscripciones más adecuadas de los Libros Sagrados, para que fueran grabadas alrededor del cuello y de la panza de la gran campana.

Finalmente dispuso que cuando estuviera concluida la colocarían en el centro de la ciudad, para que, como un corazón viviente, difundiera sus latidos por todas las calles pintorescas de la capital del norte.

El digno mandarín Pluma Enhiesta reunió a todos los fundidores de las campanas famosas del imperio. Eran hombres de gran prestigio, maestros en su oficio. Puestos de acuerdo, comenzaron la ímproba labor. Prepararon los metales en cuidadosas proporciones; instrumentos, moldes y gigantescos crisoles para la fundición. Por fin encendieron los fuegos; velaron día y noche, sin comer ni dormir, atentísi-mos a los más pequeños detalles de la obra, para satisfacer a Pluma Enhiesta, y sobre todo para tratar de obedecer el deseo del Hijo del Cielo.

Mas, luego de fundido el metal, cuando separaron el molde de arena del metal incandescente, observaron que, no obstante sus formidables trabajos y sus cuidados incesantes, nada habían obtenido. Los metales continuaban separados: el oro había desdeñado aliarse con el cobre, la plata no había querido unirse al hierro.

Tuvieron que recomenzar: encender las hogueras, avivarlas durante dos días y dos noches, en tanto ensayaban la nueva combinación de los metales. El Hijo del Cielo, habiendo tenido noticia de lo ocurrido, llenóse de irritación; pero no dijo nada.

Los maestros renovaron la colada por segunda vez; ¡ay! el resultado fue peor que en el primer ensayo. Los metales se negaban a mezclarse; la campana tenía un aspecto inconcluso; los flancos estaban resquebrajados, hendidos; los labios eran irregulares, como picados. Con gran pena de Pluma Enhiesta, los maestros fundidores tuvieron que volver a empezar por tercera vez.

Y cuando el Hijo del Cielo supo estas cosas, su irritación, cada vez mayor, se hizo manifiesta. Envió un mensajero a Pluma Enhiesta con un escrito, trazado sobre una hoja de seda amarilla limón y sellado con el Sello del Dragón que decía:

“De parte del poderoso Alegría Deslumbrante, el sublime Gran Antepasado, el Celeste Augusto, cuyo reinado es llamado Ilustre, a Pluma Enhiesta, Fu Yu... Has traicionado dos veces la confianza que habíamos depositado en ti. Si la traicionas por tercera vez, tu cabeza será separada de tu cuello. ¡Tiembla, y obedece!...”

Pluma Enhiesta tenía una hija de portentosa belleza, cuyo nombre, Adorable, sonaba sin cesar en las bocas y en los versos de los poetas; una hija cuyo corazón era aun más maravilloso que su rostro. El amor de Adorable por su padre era tal, que antes de desolar la casa paterna con su ausencia, había rehusado a cien pretendientes dignos de ella.

Cuando ella recorrió con la vista la terrible misiva amarilla, marcada con el Sello del Dragón, se desvaneció.

El mismo día se vistió, y se fue a vender algunas de sus alhajas; luego, con el dinero de la venta, se encaminó a casa de un astrólogo. Le narró los intentos por fundir la gran campana, y la amenaza contenida en la misiva del Hijo del Cielo. Concluyó ofreciéndole todo el dinero obtenido por la venta de sus joyas, si a cambio le revelaba el medio de salvar a su padre. El astrólogo observó los cielos, el aspecto del río de plata que llamamos Vía Láctea: examinó los signos del Zodíaco, o sea la Ruta Amarilla; consultó la tabla de los cinco principios del Universo, los libros místicos de los alquimistas. Después de un largo silencio le contestó: “El oro y el cobre no se casarán nunca; la plata y el hierro no se unirán jamás, a menos que la carne de una virgen sea disuelta en el mismo crisol; a menos que la sangre de una joven se mezcle con los metales en fusión”.

Adorable regresó a su casa llena de pena. No confió a nadie lo que había hecho; guardó como un secreto cuanto había oído.

Llegó al fin el día decisivo en que se iba a intentar la tercera, la última colada para fundir la gran campana. Adorable, con su dama de compañía, fue con su padre al gran taller, instalado en una plaza; las dos mujeres se colocaron en un estrado que dominaba el trabajo de los fundidores y la lava del metal licuefacto. Los obreros trabajaban en silencio. Oíase el murmullo creciente de las hogueras, amplificándose, enroqueciéndose cada vez más en un rugido análogo al que anuncia la aproximación de los grandes torbellinos.

Y el lago de metal purpúreo se fue iluminando lentamente, bermejo como una aurora, luego luminosamente dorado, hasta asumir una blancura deslumbrante como la faz de plata del plenilunio. Entonces los trabajadores dejaron de alimentar las delirantes llamaradas; todas las miradas convergieron hacia los ojos de Pluma Enhiesta. Éste iba a dar la señal para la fundición.

Antes de que levantara el brazo, un grito de Adorable resonó sobre el trueno de las hogueras, un grito suave y claro como el canto de un pájaro:

—Por amor a ti, ¡oh, padre mío!

Y en tanto pronunciaba la frase, Adorable se precipitaba de cabeza en el blanco río incandescente.

La lava de la hornaza rugió al recibirla, y saltó hasta el tejado en monstruosas cabelleras de fuego, desbordó del cráter de arena y lanzó un chorro atorbellinado de fuegos multicolores, se estremeció de nuevo en relampagueantes espasmos, acompañado de sordos rugidos como de lejanos truenos.

El padre de Adorable, enloquecido de dolor, quiso precipitarse detrás de su hija. Los obreros lo retuvieron.

Se desmayó. Así lo condujeron, como se lleva un muerto hasta su casa.

La dama de compañía de Adorable, muda, impávida, seguía siempre delante de la hornaza. Conservaba en la mano un zapato, un zapatito encantador, bordado de perlas y de oro: el zapato de la que había sido su joven y bella patrona. La pobre había tratado de retener a Adorable en el momento en que ésta se había lanzado a la hornaza: sólo había podido retener el zapato. El lindo zapatito había quedado en su mano; inmóvil, como enloquecida, ella seguía contemplando la hornaza.

A pesar de todos estos acontecimientos, el mandato del Ser Celeste y Augusto debía ser ejecutado. Los fundidores continuaron su tarea, pero sin esperanza de éxito. Sin embargo, la fulguración del metal parecía más blanca y más pura que antes; del maravilloso cuerpo de Adorable no quedaba rastro. Los maestros mismos hicieron colar la masa incandescente en el gran molde; y ¡oh prodigio! cuando el metal se hubo enfriado, quedaron de manifiesto las formas perfectas de una campana, cuyo color era más bello que el de las más bellas campanas. Ni un rastro quedaba del cuerpo de Adorable. Se había confundido con el oro y el cobre, con la plata y el hierro. Y cuando probaron el timbre de las campanas, notaron que sus sones eran más suaves y más potentes que los de las demás campanas. Resonaban a la distancia de cien li, con el estruendo de las borrascas estivales, como una vasta voz pronunciando un nombre, un nombre de mujer, ¡el nombre de Ko-Ngai!

Desde entonces, en cada uno de los amplios tañidos de la campana óyese una queja larga y grave; y siempre la queja se extingue en un sollozo gemebundo, como si una mujer, llorando, murmurara: ¡Hiai!

Y todavía, al oír la larga queja de oro, la interminable capital enmudece; pero cuando el agudo y dulce estremecimiento hiende los aires, y pasa de firmamento en firmamento el sollozo de Hiai, todas las madres chinas en todas las calles pintorescas de Pekín dicen a sus pequeñuelos:

“¡Silencio! ¡Es Adorable que llora su zapato! ¡Es Adorable que pide su zapato!”.





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